martes, 28 de marzo de 2017

Sin título 2

Aprendí,
un poco tarde,
que nunca debía querer a alguien que ya quisiera a la poesía.
Porque cuando te vas,
la poesía se queda.
Cuando huyes,
las palabras bailan.
Cuando callas,
ellos leen.

Alguien así te amará sin medidas,
y te echará de menos hasta doler,
pero tiene experiencia en estas cosas, ¿entiendes?
Tristeza, nostalgia y rabia ya formaban parte de su vocabulario
cuando tú aun quitabas pétalos a margaritas.
No te gusta la poesía si no sabes lo que es sufrir.

Lo superará porque conoce el juego, es un alma vieja.
Siempre apuesta todo lo que tiene y un poco más.
Siempre arriega.
Está acostumbrado al fracaso y aun así,
sigue jugando
porque cuando gana…

Pero además,
el poeta es sabio, porque siempre recuerda.
Está todo escrito.

Pero ya no se me olvida:
nunca quieras a alguien que ya quiere a la poesía.
Porque luego,
te crees su musa,
piensas que te piensa cuando escribe,
que sus poemas llevan tu nombre.
Que le inspiras, a pesar de los años.
Que eres importante en su vida, que te sigue echando de menos.
Encantador.
Ilusa, ¿de verdad lo piensas?, me digo.
Pero cómo no hacerlo.
Es mentira, sí, pero qué mentira.
¿Acaso alguien desea algo más que no ser olvidado?

Una vez, le pregunté por ello,
si escribía por mí.
Soltó una carcajada.

Me lo dejó bien claro:
“Mira, para que me entiendas,
o mejor dicho,
para que incluso tú lo entiendas:
Llevo años escribiendo.
Ni mi poesía nace contigo, ni muere sin ti”

Incluso ofendiéndome sabe cómo hacerme suspirar.

Sin título 1

A veces me preguntan por ti,
por cómo estás, qué haces.
Les digo que no lo sé.
“¿Y dónde está?”        
En Febrero, respondo, con un amago de sonrisa.
Me gusta esa fecha, siendo sinceros.
No habría soportado que me hubieran robado el mes de Abril.
Sí, Febrero es un buen mes,
sobre todo,
(no sé si lo sabes)
porque todo lo bueno florece en Marzo.
Y ya es primavera en mi piel.

sábado, 4 de marzo de 2017

No sé si es egoísmo o solo falta de amor.

Te miré como
imagino que miró
la primera persona que entró en la Capilla Sixtina.
Me paseé por tu piel
sintiéndome en París amanecido.
Conté primaveras entre tus manos,
destruí soledades en tu regazo,
navegué en tus lágrimas
para salvarte del naufragio.
Levanté palacios de sábanas,
bailé con tus caderas,
brindé por nuestras vidas
y aquí me tienes,
dedicándote un poema.

Has sido el puente más bonito del que me hubiera gustado tirarme.

Pero no quiero quedarme aquí,
retorciéndome en recuerdos
que ni siquiera hacen tanto daño, pero se escriben fácil.
No quiero seguir emocionándome con las pequeñas cosas,
rompiéndome la cabeza por buscar algo original
que haga levantar los corazones.
Enfrentarme al Word en blanco,
llevar siempre encima el cuaderno de ‘por si acaso’
o pensar: ‘eso quedaría bien con una metáfora.’

Quiero que me miren
y piensen que valgo la pena,
que pongan mi nombre a una cruzada,
que hagan versos a la forma que tengo
de soplar las mareas,
que vengan,
que vengan y me dediquen un poema,
que me digan que falta aire en el mundo
cada vez que rompo a reír.
No alguien sumiso ni pasota,
que sea alguien que no pueda evitar mirarme de reojo,
 y que le inspire mi forma de sacar la tristeza a bailar.

Que me gustaría ser musa,
aunque solo sea por una vez,
por un día,
que me piensen como yo pienso
que me miren como yo miro,
y sin embargo, (qué ironía, eh)
ni siquiera yo
soy capaz de hacerme un buen poema.


lunes, 6 de febrero de 2017

Te espero en la cesura.


Tengo un pequeño amor
en la literatura.
Me hace cosquillas
cada vez que mis manos
abren las tapas de un buen libro,
como si me dijera: “este sí, este es bueno”.
Se esconde entre los versos,
juguetón,
alterando las rimas.
Se columpia entre las sinalefas
y cada vez que empiezo a leer un poema
él, rápido y feroz, me susurra desafiante:
“yo ya te espero en la cesura”.

Tengo un pequeño amor
en la música.
Me canta tangos,
cada vez que le vengo con milongas,
Me desafina los instrumentos,
me entorpece los punteos,
y se marcha por bulerías
cuando no hay quien me aguante.
Sin embargo, me susurra te quieros
 fundiendo su voz con las baladas de los domingos,
cuando los bajones son más fuertes
y solo, me queda esperar a la marejada.

Tengo un pequeño amor
en la danza.
Me canta los tiempos
cada vez que estoy perdida
(lo cual pasa más a menudo
de lo que me gustaría reconocer)
Me levanta del suelo,
cuando ya me tiemblan las piernas
y nunca, nunca, nunca
me deja perder el ritmo.
Siempre me dice:
“espalda recta y sonríe,
nadie tiene porqué enterarse
de lo que te pasa.”

Tengo un pequeño amor,
en el cine.
Es el que me aconseja
cuando no solo estoy sola,
sino que también me siento sola,
que habrá una película por ahí,
esperándome.
Que por mucho Indiana que venga
a jurarme amor eterno
teniendo uno en cada puerto,
llegará un Groucho capaz de hacerme reír,
un Guido que me hará soñar
y un Salvatore, que simplemente,
me hará feliz.
Mi pequeño amor
es un gran sabio.

Y así, todos ellos,
todos estos pequeños amores
forman el nombre de mi gran amor.
Me gustaría decir que es el tuyo,
pero es el mío,
lo cual, si me permites la osadía,
me parece mucho más interesante.



Esto lo escribí hace tiempo, mucho antes de que de verdad cobrara sentido. Lo escribí y creo que solo me he atrevido a releerlo una vez. Ahora mismo los estoy publicando sin leerlo, así que puede que haya alguna palabra mal escrita. Me da igual. Sigo sin poder deslizar mis ojos por las palabras sin que se me nuble la mirada. Sin embargo, lo subo porque tengo que enfrentarme a mis fantasmas, aunque tengan tus ojos. Algún día, dejará (dejarás) de doler, estoy segura. 

Hay una canción de Carlos Gardel
que se llama El día que me quieras.
Y claro, podrás imaginarte la felicidad
recargada de las metáforas y armonías tan propias de los tangos
que te susurra Carlos en tus oídos.
Esta va de lo mismo, supongo,
aunque diferente.            
Escribo desde El día que te vayas.
Será un día cualquiera,
nublado posiblemente,
como cada vez que me despido de ti
 y te veo alejarte en el bus.
Un día llegará, y ya no llevaré tus camisas,
no hablaré contigo horas por teléfono,
no fantasearé con viajes juntos,
ni tendré que fingir que no estoy llorando escribiendo esto.
No me pelearé contigo por qué canción es mejor que otra,
ni te quejarás de lo mal que cocino.
Y sí, será un día cualquiera.
Porque estas cosas pasan así, de repente.

Creo en el amor a primera vista.
Puedes enamorarte en un día,
igual que puedes dejar de estarlo en otro.
Un día naces,
un día mueres.
Si puedes pasar de existir a dejar de hacerlo
en menos de veinticuatro horas,
¿cómo no vas a ser capaz de enamorarte?

Por eso, sé que el día que te vayas
será un día,
menos de veinticuatro horas
pero más cinco vidas
para que deje de doler.

Vivo esperando ese día.
O mejor dicho,
vivo preparada para ese día.
Y sin embargo, no se me da bien esto de hacerme corazas.
De nada sirve el hielo, si se va a fundir en el calor de un abrazo.
Y qué dura va a ser la caída.

Ojalá y no te vayas nunca, pero lo harás
y cuando llegue ese día,
viviré esperando hasta El día que me quieras.


sábado, 4 de febrero de 2017

Incendio.

Ahora solo se me ocurren poemas incendiarios. 

No me malinterpreten, no quiero incitar a la violencia o rebeldía. 
Me refiero a que solo se me ocurren poemas incendiarios,
porque arden mientras los escribo
 y voy dejando tras de mí
un sendero de versos y cenizas. 
Solo son la memoria de una hoguera.
Inofensivos.
Y últimamente
solo se me ocurren poemas incendiarios,
y todos son dedicados a ti.
Porque tu lugar está entre las brasas,
 donde por muchas cerillas que lo intente,
no llegarás a prender. 
Así, nunca más me darás calor
pero tampoco
podrás
volver a quemarme.
Tiró la toalla y dijo: "Bueno, lo he intentado". Se había roto una uña.
Por mi parte, tenía las manos ensangretadas y entumecidas, casi no las podía mover. Los dedos en carne viva y no me quedaban uñas. Casi me reí de él.
Se marchó minténdose, autoconvenciéndose de que lo había dado todo y lamiéndose "las heridas".
Y a mí, me dejó sangrando.